Cap. 2º. Los ojos de Tetuán



OBRA REGISTRADA:
Fecha: 18/08/15
Nº de registro: LO-165/2015
Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de La Rioja
© Texto y fotografía: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Titular de los derechos: el autor











Los ojos de Tetuán



¿Cuántos secretos ocultan?
Dímelo a los ojos, 
ya que los míos
se confunden en tu mirada
Abderrahman El Fathi



C
uando mi amigo Najjar me propuso viajar con él a su tierra, no me lo pensé dos veces. Hacía ya tiempo que algo habíamos hablado sobre ello y ahora que volvía a plantearlo, acepté.

Najjar nació en Tánger, la urbe más cosmopolita de Marruecos, donde occidente y oriente se entremezclan sin traumas. Orgulloso de ella, le dolió tener que abandonarla y emigrar a nuestro país a encontrar ese futuro que el suyo le negaba. Se estableció en mi ciudad, donde encontró trabajo con suma facilidad, pues eran tiempos de bonanza. La carpintería sería su oficio durante unos cuantos años. Cuando nos conocimos, ya había perdido su empleo debido a la fuerte crisis que azotaba España. Aguantó un par de años más hasta que al fin decidió mudarse a Algeciras donde tenía un hermano que regentaba un pequeño bar.

La historia de Layla me había dejado tocado, ¡demasiadas emociones en poco tiempo! Así que la propuesta de mi amigo cayó en el mejor de los momentos. Con problemas en mis dos empleos, decidí despedirme. Logré cobrar hasta el último céntimo. Libre, con dinero y saturado de todo, a bordo de mi Honda puse kilómetros por medio. Salí temprano, recién amanecido. Emocionado y con el viento de cara, creí sentirme el mismo Fuser, antes de ser el mítico Che. Dormía donde me alcanzaba la noche, en hotelitos de segunda, sin otra preocupación que la de que no lloviera al día siguiente. Despeñaperros me franqueó el paso a la bella Andalucía; retrotraído mi pensamiento, imaginaba correrías de bandoleros a lomos de espectaculares caballos tordos.


N
ajjar se alegró mucho de verme. Estuve unos días alojado en su casa, y en las animadas conversaciones en la sobremesa de la cena —única comida que su trabajo nos permitía compartir— él recordó lo que yo le había contado de mi familia: mi padre, aunque español, había nacido en Tetuán, donde vivió su infancia y juventud, y donde se casó con mi madre, también española. Mis abuelos —funcionario civil, uno, y militar, el otro— habían solicitado destino en la tierra roja de Marruecos. Cuentan en la familia que mi abuelo paterno se enamoró de Larache donde había cumplido el servicio militar y que cuando salió una plaza en Tetuán lo comentó a su prometida. Mi abuela, que siempre fue una mujer adelantada, le empujó a pedirla. Año 1927. El abuelo militar aún tardaría unos años más en recalar en aquella tierra extraña con su mujer y las hijas adolescentes.

Najjar lo tuvo fácil, si quedaba alguna duda para convencerme de que cruzáramos el estrecho. Viajar por Marruecos en moto… ¡Toda una aventura!

La travesía en ferri no duró mucho, más engorroso fue esperar a que todos los pasajeros y vehículos embarcaran para poder zarpar. El sol parecía más bello al otro lado del mar, Najjar no paraba de hablar, gritar diría yo, debido a la excitación de sentirse próximo a su hogar. África se iba acercando misteriosa.


U
na vez desembarcados en Tánger, fue Najjar quien condujo la moto a gran velocidad. La ciudad moderna poco se distinguía de las nuestras, pero la zona antigua era un caos de vehículos, peatones y animales que compartían la calzada sin ningún orden. Todo un misterio, no haber tenido un accidente en aquellas calles rumbo a su casa. Allí nos recibieron, en medio de una algarabía, su madre y hermanas. Una de ellas nos sirvió unos vasos plateados decorados con arabescos donde humeaba un sabrosísimo té con menta. Me instalaron en una habitación con vistas a un patio donde el padre, de profesión jardinero, había creado un vergel del que provenía un aroma dulzón a jazmín que se extendía por todo el recinto y que ya no me abandonaría en mi estancia en aquel país.

Pronto salimos de la casa, Najjar no quiso perder más tiempo en descubrirme su mundo. Durante el día visitamos la ciudad, la medina, la mezquita, el zoco chico y, cómo no, el famoso café Hafa. Llegar al café requirió de un sinuoso paseo entre las estrechas callejuelas del oeste de la medina; al fin, tras una esquina, sobre el acantilado que domina la bahía, aparece el café. Entrar en él, fue transportarse a otra época. Nos acomodamos en una de sus magnificas terrazas desde donde se divisaba esplendido el azul y el verde esmeralda del océano, al fondo la costa española. El olor de la brisa salitrosa se matizaba con la menta del té. Un espacio para la tranquilidad y la inspiración artística.

De vuelta a casa, la familia de Najjar preparó los más exquisitos platos de la tradición marroquí. Sentados en unos coloridos cojines sobre el suelo, charlamos y reímos hasta bien entrada la noche, eso que al día siguiente madrugaríamos para coger la Honda rumbo a Tetuán.


S
esenta ondulados kilómetros entre olivos y frutales. Junto a la carretera, pequeños puestos ambulantes ofrecían los productos de la tierra. Las suaves colinas de Tánger iban quedando atrás y mediado el camino ascendimos la cordillera del Rif para descender en busca del valle. Pronto aparecieron a nuestra vista, sobre una colina, las encaladas casas de Tetuán; “La paloma blanca” que la llamó el poeta.

La entrada en la ciudad la hicimos despacio, con deleite, por unas anchas avenidas con palmeras. El azar quiso premiarme y fuimos a detenernos frente a un edificio en chaflán en el que un letrero azul y oro con blancas letras en árabe y español anunciaba el colegio del Pilar.

            —¡El colegio de mi padre! —grité agitado a Najjar.

Preguntamos cómo llegar al riad donde habíamos reservado habitación. Lo habíamos escogido por hallarse en la medina y muy cerca de la casa, ya en el ensanche español, donde nació mi padre. Tras el zaguán, un precioso patio de estilo andaluz; no en vano la medina tiene su origen en aquellos andalusíes musulmanes y judíos que abandonaron el reino de Granada ante el avance de la Reconquista años antes de su toma.

Una vez instalados, llamamos a nuestras casas para confirmar nuestra llegada y nos dispusimos a visitar la ciudad. Abandonamos la Medina para entrar en el Ensanche, ecléctica suma de estilos: neoárabe, modernismo, art decó... En Tetuán se abrazan la tradición árabe y la tendencia europeísta.

            —¿Qué sientes al conocer por fin la casa donde nació tu padre? —preguntó Najjar, quien sabía lo mucho que lo había deseado.

Paseando, habíamos llegado a la calle Sidi Mandri. Un intenso aroma a jazmín nos había acompañado todo el trayecto. Frente a nosotros un esplendido edificio de estilo colonial con reminiscencias árabes, acorde con el resto del barrio español. En un instante, mi mente viajó en el tiempo e imaginé a mi abuela llamando para la merienda a sus cuatro hijos. Mi padre, el segundo de ellos, me había hablado mucho de esta casa y de cómo mi abuelo había ordenado eliminar una esvástica que decoraba la chimenea cuando fueron a habitarla.

Ansioso, rebusqué en mi bolsillo y saqué el móvil... Mi padre, emocionado, comenzó a relatarme la ciudad de su infancia y juventud.

           —Es una sensación de… —Comencé a explicar a mi amigo—. He llenado un hueco en mi vida. No conocer la tierra donde se crió mi padre me creaba un vacío.

          —Está bien —afirmó con una sonrisa—. Te entiendo “perfectamiente” —A veces, su español fallaba.

Claro que me entendía. Hay sentimientos que son comunes a todas las culturas, y la atracción por lo ancestral es uno de ellos. Los seres humanos no somos, en lo esencial, tan diferentes unos de otros en cuanto a las emociones primarias. Los nacionalismos y las religiones pervierten la convivencia.

Pasamos un buen tiempo observando aquella casa y su entorno. Al fin, cerré los ojos e inhalé con fuerza. De nuevo aquel aroma a jazmín me atravesaba la mucosa olfativa. Viejas historias, bellamente narradas como solo saben hacerlo nuestros mayores, se amontonaron en la corteza cerebral. En silencio, Najjar respetó aquellos minutos de introversión.

            —Vamos, habrá que seguir —exclamé, tras abandonar aquel estado de trance.

Calle Mohamed V, plaza Muley el Medhi, o lo que es lo mismo, calle del Generalísimo y plaza Primo del tiempo de mis padres. En esta última se halla la iglesia de Nª Sª de la Victoria, en la que se casaron. Las fotos de mis abuelos llevando a los novios se me vinieron a la cabeza. Cincuenta y ocho años separaban aquellas fotos del momento actual. Muchos años que, a pesar del cambio de nombres de calles y plazas, no habían logrado borrar el poso de lo español. Como tampoco, ni con el regreso a España, ha desaparecido de los corazones de los antiguos residentes en Marruecos la luz, la poesía, el alma… de aquellas tierras y sus gentes, que les brindaron su hospitalaria mirada. Los ojos1 de Tetuán permanecerán para siempre clavados en la memoria.

Un día agotador por la cantidad de rincones recorridos y por la emoción desbordada en cada uno de ellos. De regreso al riad, caí sobre la cama rendido. Amanecí tal cual, con la ropa puesta, Najjar llevaba un buen rato en pie. Me había permitido dormir algo más de la cuenta. Una ducha, ropa limpia… Presagiábamos un nuevo día lleno de buenas expectativas. Hoy recorreríamos la Medina y el Mellah, el barrio judío.

La ciudad antigua se componía de un enrevesado laberinto de estrechas calles, callejuelas y pasadizos, de altos muros al objeto de esquivar los rigores del calor solar. El monótono color blanco de la cal de los muros queda roto por el verde de las puertas y las pequeñas ventanas. Estas, protegidas por celosías, permiten el oreo de las viviendas y la visión encubierta de cuanto sucede en el exterior; a veces único entretenimiento de las mujeres en una sociedad marcadamente machista. En cada puerta, la mano de Fátima invoca protección para el hogar y sus moradores, al tiempo que para el visitante evoca la hospitalidad árabe. Fueron varios los días que usamos para recorrerla. Los zocos eran lugares recurrentes. Cada mañana, disfrutábamos de un paseo por sus bazares. Marroquinería, hojalateros, ceramistas, tejedoras de alfombras…, siempre había algo nuevo que descubrir. Najjar como carpintero que era se detenía ante los muebles y orgulloso requería mi atención sobre ellos.

            —Eh, no te vuelvas —murmuró de pronto Najjar.

Vi como mi amigo escudriñaba con discreción el entorno. Asombrado, esperé sus indicaciones.

          —No sé, algo raro —explicó—. Llevo rato con la impresión de que alguien nos vigila. Ya desde ayer me pareció, pero no te dije nada por no asustarte.

            —¿Pero qué dices? ¿Quién? —contesté nervioso—. ¿Para qué?

            —No lo sé, pero una chilaba de rayas grises y negras, siempre se mueve detrás de nosotros. No parece que quiera robarnos, ha tenido ocasión.

            —¿No serán imaginaciones? —repliqué.

            —Seguro que sí. Esas chilabas son muy corrientes —contestó sin convencerme.

Volvimos al hotel. A cada esquina que doblábamos, yo no podía evitar mirar hacia atrás, pero no veía nada raro. Al llegar lo primero que busqué fue la ducha. Cenamos ligero y nos dejamos llevar por las ensoñaciones inducidas por una sisha convenientemente “aromatizada”.

Al día siguiente nos levantamos muy tarde y nos quedamos en el hotel toda la mañana. Al atardecer acudimos a la fiesta de la pólvora. La visión de los hermosos caballos bereberes enjaezados con sus mejores galas me hizo pensar en lo feliz que hubiese sido mi hija de presenciar el espectáculo. Multitud de jinetes en una frenética galopada mientras disparan sus espingardas incesantemente. Embriagado por el enorme estrépito y el olor a pólvora no caí en la ausencia de Najjar. Cuando volvió me contó que había visto de nuevo como nos seguían.

            —Pero… ¿Dónde estabas?

            —Me he alejado para cerciorarme. Y te digo que alguien sigue nuestros pasos.

            —Ya vale, basta de bromas —protesté—. Yo no he visto nada.

            —Estás demasiado ocupado con todo esto, tan nuevo para ti. Hazme caso. Venga, salgamos de aquí y tranquilo, hay mucha gente, nada puede pasar.

En ese momento sentí como si todos los ojos de Tetuán estuviesen observándonos. Cada mirada mía lanzada en rededor parecía encontrarse con la de cada uno de toda esa muchedumbre que iba y venía. Gentes del lugar y turistas pasaban por nuestro lado y mis ojos buscaban en los suyos un gesto indicador que confirmara lo que mi amigo me decía.

Incapaz de penetrar en sus miradas y temeroso de que fuesen mal interpretadas las mías, agarré a Najjar por el brazo y lo llevé fuera de ese tumulto. Fue en ese mismo momento cuando unos grandes ojos se cruzaron fugazmente con los míos. Busqué, pero ya se habían escabullido. ¡Ahora, sí!, tiré con fuerza de Najjar y caminamos deprisa hacia el hotel. Sombras de todo tipo que se acercaban sigilosas y cuando te dabas la vuelta habían desaparecido. De pronto nos vimos en un pequeño pasadizo, totalmente desierto. El sonido hueco de nuestro calzado no me impedía escuchar mi propio corazón acelerado. ¿Qué estaba sucediendo? Como una ráfaga sentí de nuevo esa mirada profunda. Los ojos seguían estando ahí. No los vi, pero pude percibirlos, o ¿acaso me estaba volviendo paranoico? La noche nos había envuelto casi sin darnos cuenta. Detuve a Najjar para escuchar. El roce de unas babuchas acercándose se detuvo, como si no quisieran tener contacto con nosotros. Tan solo, nos miraban esos ojos, ocultos en algún lugar entre la negrura.

            —Eh, Fuser, tira, salgamos de aquí —Mi amigo me había rebautizado desde que le conté el viaje en moto de Che Guevara.

            —Voy, no podemos quedarnos aquí.

El angosto pasadizo encogería el corazón del más aguerrido paladín curtido en mil y una emboscadas. Cada rincón, cada esquina, sugería una presencia no deseada. Las cerradas puertas podrían abrirse en cualquier momento y saltar sobre nosotros una banda de maleantes, pero nada sucedió. Regresamos al hotel sin ningún problema. Subimos a las habitaciones y me despedí de mi amigo. No me apetecía cenar. Cerré la puerta tras de mí.


A
brí el grifo de la bañera, encendí unas velas que repartí por el baño y preparé la sisha bien cargadita. Conducido a una suerte de estado catatónico, no advertí que el balcón estaba abierto.

            — Hola —sonó una voz desde la oscuridad.

El susto me hizo levantar de un brinco. Desnudo, lleno de espuma y al titilar de las velas, enmudecido, debía ofrecer una imagen muy vulnerable. No pude apreciar quien me hablaba.

De nuevo escuché la voz. De entre el baile de sombras apareció la misteriosa chilaba de rayas, se detuvo frente a mí, y en un rápido movimiento cayó al suelo dejando al descubierto una bella figura femenina que con suavidad se metió en la bañera y posando sus manos sobre mis hombros me invitó a tumbarme.

            —Pero… ¿cómo…? —exclamé perplejo.

No pude seguir. Un beso selló mis labios; preludio de una excitante noche de sexo furtivo. Melosa y tierna, me hizo un recorrido turístico por el mapa de mi piel. No hubo un solo lugar que dejara de visitar. Su cuerpo buscó el mío. Adentrándome en el suyo, gasté mis últimas fuerzas tras un agitado día.

La luz de la mañana llegó puntual a su cita con la ventana y me mostró su ausencia.

            «Un sueño, ha sido un sueño —pensé—. Me he pasado cargándola.»

No comenté nada durante el desayuno. Hicimos planes de ir a la playa. Muy cerca queda Río Martin, la playa donde mis padres iban de novios. Pasamos el día como cualquier turista. La temperatura era ideal para bañarse. Después de comer nos dimos un paseo en moto por la costa hacia el norte, una gozada en este tiempo otoñal. Al atardecer volvimos a Tetuán. Cenamos y tras un buen Gin Tonic nos fuimos a dormir.

            — Hola —sonó la voz desde la oscuridad.

Esta vez no me asusté. Excitado, abrí las sábanas y sentí como se metía en mi alma. Nuestros cuerpos se acompasaron… De nuevo la luz matinal alumbró su ausencia, pero estaba seguro: no había sido un sueño.
Mientras desayunábamos conté a Najjar como, mientras el dormía plácidamente, yo mantenía relaciones sexuales con una chica del lugar.

            —¡Bah, tío, no cuela! Esto es Marruecos. Ninguna chica lo haría y menos contigo. ¡Ja, ja, ja! —rio de modo sarcástico.

Argumenté que si no había notado que ya nadie nos seguía; simplemente, la chilaba y su propietaria me esperaban en el dormitorio.

            —Su única explicación fue que teníamos algo pendiente. Fue entonces cuando caí. Quise exclamar su nombre pero no tuve tiempo, ya estaba besándome —Continué contándole a Najjar.

            —¿Es que la conoces? —Najjar, ya alucinaba.

            —Tuve un lío con ella —Aún rio más cuando le dije que era una vieja conocida de España.

           —¿Queeeé? ¿No me digas que es «la chica de los caramelos»? —Una sonora carcajada llamó la atención de todo el comedor— ¡Fisherman ataca de nuevo!

           —¡No, que va! No es Ella2. —expliqué.

Najjar no paraba de preguntar. El interrogatorio duró todo el día. Era lo mismo que estuviéramos visitando la Gran Mezquita que tomando un baño en un hamman público. No respetaba el silencio exigido en ciertos lugares, hecho que nos causó algún incidente. Para la cena ya conocía cada uno de los detalles de aquella historia. Con una sonrisa estúpida se despidió cuando nos metimos cada uno en su habitación.

            — Hola —sonó una vez más la voz desde la oscuridad.

Su visita se convirtió en una costumbre al igual que su huida. Se sucedieron los días y sus noches. Nada de conversación, tan solo excitantes cabalgadas, impregnadas de sudor y clandestinidad. Mil y una noches creí que duraría la aventura.

Aquella noche iba a ser especial. Ronroneando se apretaba a mí. Su mirada… aquellos ojos grandes, nunca podré olvidarlos. Clavados en los míos mientras nos disfrutábamos. Aquello era un juego, un tablero de ajedrez en el que íbamos asaltando cada una de las piezas. La partida se alargaba por el mero placer de jugarla. La respiración entrecortada marcaba el ritmo de cada movimiento. Tic tac, tic tac… el cronómetro biológico se aceleraba queriendo salirse de su caja. La presión sobre mi cuerpo se hizo insoportable. De pronto, sentí como si su cuerpo se alejara volátil, sin embargo, la presión no cedía. Mi cuerpo se vio aplastado con fuerza contra el lecho, por unos brazos que no eran los suyos. Confuso, quise chillar. Unas recias manos acallaron violentamente la garganta, que retuvo el grito agónico. Voces en árabe con un tono entre respetuoso e imperativo sin que yo supiera de su significado se dirigían a mi amante. Confuso, contemplé a un grupo de hombres que había penetrado en mi alcoba. Le ofrecieron su ropa y se vistió. Les dijo algo en árabe y abandonaron la habitación con actitud sumisa, aunque tuvo que dar una voz para que quienes me sujetaban me soltaran.

            —No vuelvas a acercarte a ella —La advertencia sonó amenazadora.

Nos quedamos solos, se acercó y me dio un beso.

            —Debo irme —explicó, lacónica.

            —Pero… ¿qué pasa?

            —No preguntes. Así es mejor. Adiós —Se despidió.

Quedé mirando la estela de su mirada. Aquellos ojos querían hablarme, responder a todos mis interrogantes. La vi marchar escoltada por aquellos hombres.
                
Justo antes de desaparecer de mi vista volvió su rostro, sonrió con ternura y sentí como en medio de un suspiro me brotó del alma su nombre.

El sharki, viento del sur, comenzó a soplar con fuerza; no pudo escucharme.

N
ajjar no daba crédito a lo que yo le contaba. Aquel suceso resultaba totalmente surrealista. Encontrarme con ella fue tan extraño, y aún más como se marchó. Y aquellos hombres...

Decidimos seguir ruta por el país, quedaba mucho por ver. Nuestra siguiente etapa sería Chauen. Mientras la Honda se comía los kilómetros no dejaba de mirar por el retrovisor, y de preguntarme:

            «¿Quién coño eres, Layla?»


1.-Tetuán, nombre de origen bereber, es traducido en numerosas ocasiones como "los ojos", otras como "las fuentes.
2.- Ella y el Conde Fisherman son los protagonistas de “La chica de los caramelos”, un relato anterior.


Ignacio Achútegui Conde
Logroño y Grávalos, a 9 de noviembre de 2014


CAPÍTULO ANTERIOR                   SIGUIENTE CAPÍTULO


Agradecimientos

De nuevo a Layla. He creído que la historia real pedía una continuación. Como desconozco tu paradero y tus andanzas, he decidido crear una ficción. «Los ojos de Tetuán» es el resultado.

A mis padres y abuelos, que tanto me han relatado de cuando vivieron en Tetuán.

Al Balneario Bienestar de Grávalos por esos momentos de relax tan necesarios para encarar la tarea con energías renovadas.

Al Café Clásico de Logroño  por cederme un espacio, entre cafés y copas, donde escribir este relato.

Comentarios