Cuando el silencio no es ausencia, sino aliento y misterio: no absuelve ni condena, sino tiembla; el cuerpo no es obstáculo y el deseo no corrompe, sino revela: la carne no distrae del misterio, lo pronuncia. Éxtasis pleno que no promete salvación ni teme pena, porque los gestos son, en verdad: sacramento, liturgia, conocimiento. Sin fe ciega, sin moral que separa y con el silencio del alma, nuestros yoes se diluyen en los cuerpos uncidos: placer y revelación de la culpa ausente, pulsión de vida, cálida fuente. Cuando late el cuerpo, escribe con el espíritu abierto, y la certeza de haber estado allí; donde se anticipa la ausencia, el misterio se encarna, quiebran las formas y las sombras se desvanecen, en el pulso del deseo y del alma viva. I. A. C. Imagen: ChatGpt Anterior: III. Revelación Siguiente: V. Susurro