viernes, 30 de enero de 2015

Momentos para matar. Original de 1981

© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Titular de los derechos: el autor

Momentos para matar


Uno frente a otro, en medio un pobre desdichado que creía que con buenas palabras todo se arreglaría. Sí, las buenas palabras pueden llegar a solucionar ciertas situaciones pero cuando estas palabras se tornan divagadoras e insípidas se vuelven igualmente inútiles.

Mientras Campazas hacía alardes de retórica en un intento de calmar los ánimos que comenzaban a exaltarse, Caín se complacía en mostrar su gran conocimiento de todos aquellos vocablos insidiosos e insultantes que en el idioma español existen; la tensión va en aumento y la chispa salta produciendo la explosiva tempestad: un puño cruza el aire hasta incrustarse en la mandíbula de Caín; la reacción de Campazas y sus compañeros no se hace esperar y se lanzan contra su amigo para frenar sus impulsos pero ni con la fuerza de diez poderosos brazos consiguen detener el furor y la ira de quien clama por su justicia. Caen todos al suelo, Caín observa en silencio, una maléfica sonrisa asoma a sus labios mientras su contrincante es reducido y obligado a recapacitar. Los gritos resuenan en la noche; Caín avanza orgulloso y la traición, vil cobardía, se produce; la espalda cruje violentamente mientras el cuerpo bota en el suelo tras el terrible puntapié recibido. El justiciero con gran dolor intensifica la lucha por liberarse, los gritos sedientos de sangre aterrorizan a los presentes; cuando al fin logra zafarse el traidor Caín ha desaparecido como carroña entre buitres hambrientos; una sola palabra resuena en la mente de aquella víctima de brutal felonía: venganza; pero esta ha de llegar tranquilamente, no debe fallar nada y por ello es mejor no precipitarse ciego por la sed, la larga espera en busca de la gran oportunidad comienza…

Hoy, el mundo celebra el día de la Paz y la confraternización, Dios se hizo hombre una noche como ésta cientos de años ha, pero en el rincón más escondido de un corazón la venganza aguarda satisfacer sus instintos. La ocasión llega; siguiendo la táctica de la no provocación es como se ha de realizar. Caín es un loco que pronto desespera y lanza el primer golpe, todo es lícito para la autodefensa. El vengador está en su pleno derecho a la lucha, pero Caín está armado de una gruesa y larga cadena capaz de abrir cabezas con sólo dejarla caer. Las manos del justiciero están desnudas, tan solo puede esquivar hasta agotar al contrincante, los ojos vigilan sin descanso los movimientos ajenos pero Caín no cesa de enarbolar fieramente su arma, la retirada es lo más sensato y con un majestuoso: me marcho pero volveré la pelea cesa. La sed aumenta considerablemente en su tormento, hay que aplacarla, una buena dosis de alcohol lo soluciona todo.

El destino une de nuevo a estos encarnizados enemigos cuando ambos conducen sus respectivos vehículos, los ojos del vengador se iluminan y da comienzo una arriesgada persecución, las reglas de tráfico no parecen existir en esos momentos infernales. Caín es más veloz, se va distanciando hasta perder de vista a su enemigo, respira aliviado pero cuando aún no ha tenido tiempo siquiera de aflojar la marcha, una moto a toda velocidad se le echa encima, apenas tiene tiempo para saltar, las dos motos brincan estrepitosamente en el aire y caen al suelo; segundos antes del impacto el vengador había abandonado su máquina.
Una vez más se encuentran uno frente al otro dispuestos a despellejar, sacar los ojos al contrario si fuese necesario. La cruel reyerta comienza y apenas lo ha hecho cuando aparece un entrometido que interviene y los separa. Caín aguarda la oportunidad de repetir su traición pero no se le permite y ante los hercúleos esfuerzos del vengador por llegar hasta él, arranca su moto a duras penas y huye despavorido mientras que ahí junto a un montón de chatarra, una persona se arrodilla lentamente y llora tras su fracaso: él quería matarlo.


Hechos reales sucedidos en diciembre de 1980


 Ignacio Achútegui Conde
Colegio PP Marianistas
Logroño-Villamediana, a 21 de marzo de 1981


Este es un original de 1981, escrito para la clase de Literatura del colegio marianista de Logroño, y que he revisado y colgado en otra entrada de este blog. Enlazar con la revisión.

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