Nabulia, o de cómo Napoleón se hizo mujer
Nabulia
o de cómo Napoleón se hizo mujer
París… la gran París, ciudad bella
donde las haya, guarda en sus entrañas los restos mortales de Napoleón I,
omnipotente emperador de Europa. Insaciable conquistador y seductor de
voluntades, conoció las mieles del poder y las hieles de la derrota.
Se dice de él que era obsesivo con la
limpieza, y que poseía una personalidad con inclinaciones violentas que le
llevaban a vejar a sus subordinados. Resulta evidente su afán autoritario. No en
vano, era el hombre más poderoso de su época.
Mucho se ha escrito
sobre su persona. No faltaron
quienes llegaron a decir que el tiempo iba desdibujando poco a poco su
virilidad, mientras su figura se tornaba cada vez femenina.
Aquel viejo uniforme imperial, custodio de ambiciones y tiranías,
parecía haber encogido hasta amoldarse, dos siglos después, al espíritu de
Nabulia, la protagonista de esta historia. Su misma sombra. El mismo
desmesurado afán.
París…, la gran París, ciudad soñada
por Nabulia, marcó sus sueños de grandeza. Nabulia no conquistaba países;
conquistaba personas. Ella bebió de las aguas contaminadas de la buena vida. Ni
Josefina hubiese llegado tan lejos en sus ansias de opulencia y distracción
moral. Todo resultaba poco para semejante ambición. Lujos y conquistas iban
sucediéndose. Ensanchando sus dominios fue haciéndose con toda la voluntad
ajena de quien la creyó merecedora de cariños y otros esmeros. De trato
excelente, embriagaba con sus pródigas atenciones a quienes jamás sospecharon.
A veces, sin motivo aparente, una
sombra cruzaba fugazmente su rostro. Bastaba una palabra fuera de lugar, una
demora insignificante o un simple contratiempo para que durante un instante
asomara alguien distinto. Tan fugaz era aquella presencia que cualquiera la
habría atribuido a un mal día.
Con el tiempo la verdadera
personalidad emergió. Cual famoso doctor, a menudo era el monstruo quien se
apoderaba de sus actos. Aquel estado aparecía con la misma rapidez e ímpetu que
un repentino estornudo. Convertida en galerna, desataba su furia levantando
olas devastadoras entre espeluznantes aullidos. Los hijos de la mar, temerosos,
procuraban ineficaz refugio.
Sobre roca sólida, el formidable faro
aparentaba frágil lamparilla incapaz de arrojar luz entre tanta sombra. Con el
corazón en un puño, encogido por la tensión, a merced del rigor de la tormenta,
con el único deseo de que amainase aquel continuo despropósito.
Pero quiso la historia repetirse también con Nabulia. Y... llegó su invierno.
¡Al fin y por fin! (no es lo
mismo), aquel infeliz y sometido corazón aletargado revolvióse desde sus
ácratas pensamientos. El invierno fue su aliado. Juntos quebraron
la fortaleza de Nabulia.
Nabulia nunca supo adaptarse a la
caída. Su bello rostro acabó salpicado por la indiferencia.
De reyes y emperadores se narran
caprichosas perversiones alentadas por aduladores y coros de parásitos
cortesanos. Frívolos y veleidosos; a menudo, juguetes rotos.
París… la gran París. Siempre quedará
París.
A Nabulia.
En tu isla tal vez encuentres la paz que no sembraste.
Ignacio Achútegui Conde
Logroño, 7 de enero de 2020
Imagen realizada con ChatGPT
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