viernes, 12 de diciembre de 2014

El entierro de don Ramón



© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Fotografía bajada de internet
Titular de los derechos: el autor




















El entierro de don Ramón


«R
equiestcat in pace» sentenció el sacerdote. El responso había sido breve, aunque bajo la incesante lluvia pareció eterno. Aquel día de julio, de un verano notablemente seco, el cielo había roto aguas precisamente cuando don Ramón se dispuso a emprender su último viaje.


D
on Ramón no era persona que gustase de ritos religiosos, sin embargo, aquel día no se pudo negar cuando le organizaron el suyo. Don Ramón era muy querido por las gentes del lugar, un pequeño villorrio norteño dedicado al cultivo de la huerta y los frutales Don Ramón había conquistado el corazón de sus vecinos con su amable hacer y esa sonrisa sempiterna. Aquel accidente automovilístico en la carretera que lleva a la ciudad fue un drama de dimensión comarcal. Don Ramón falleció a los setenta y dos años dejando viuda y dos hijos, que en su momento habían desertado de la vida rural.

Cuando a mediados de los años 50 del pasado siglo don Ramón utilizó los antiguos calados vinícolas para llenarlos de basura y dedicarse a la cría de un nuevo cultivo proveniente de Francia, no podía imaginar que estaba reescribiendo la historia de su pueblo y de la región. A pesar de haber hecho fortuna mantenía su vida de siempre; el mismo bar, los mismos amigos e incluso la misma esposa. Nunca se le conoció una mancha en su expediente vital. Seguro que sería bien recibido con unas palmadas en el hombro cuando arribara la última estación. 


E
l oficio religioso fue una multitudinaria manifestación de duelo. En la parroquia de la localidad no cabía un alma, tal vez por ello muchos esperaban en los bares tomando unas cañas en animada conversación. El sacerdote habló de la vida y la muerte como si realmente supiese lo que hay al final del túnel; como si realmente sus palabras consolaran por la pérdida a sus seres queridos. Pasados los años en que la Iglesia vencía, no creo que aquellas palabras convencieran. La estampa la completaban numerosos temporeros del campo, que ajenos a la cultura cristiana optaban por acercarse a esas otras iglesias a tomar té, y alguna que otra cañita.

Finalizado el funeral córpore insepulto, aquel gentío procesionó lentamente hasta el cementerio bajo una pertinaz lluvia como si el cielo quisiese competir con sus lloros y letanías. Gentes del lugar y de fuera que bien por sincero cariño o por fariseísmo vecinal acudieron a la luctuosa llamada de las esquelas en las calles del pueblo.

Mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón, yo no dejaba de mirar a la chica rubia que bajo un gran paraguas —negro, por supuesto—, y abrazada a una compañera, observaba con unos grandes ojos azules la surrealista escena en la que el ataúd esperaba ser sumergido en vez de enterrado. A punto estaba de ser navegable aquel cementerio.

«Requiestcat in pace» sentenció el sacerdote. El cuerpo sin vida de don Ramón descansaba para siempre.

Entre tanto, yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha. Como canto de sirena me atraían en silencio. Aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas la invité a entrar en calor…


P
ero eso… ¡es otra historia!


Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 12 de diciembre de 2014


Dedicado a:


A Eva. No he vuelto a saber de ti. Comencé a escribir tu historia, pero el inicio me ha dado para un relato independiente. Contaré tu historia próximamente en "La chica del cementerio".

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