viernes, 16 de enero de 2015

Cap. 3º. Las grutas de Bled Siba



OBRA REGISTRADA:
Fecha: 18/08/15
Nº de registro: LO-165/2015
Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de La Rioja
© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Fotografía bajada de internet
Titular de los derechos: el autor

















Las grutas de Bled Siba




«En la bandera de la libertad
bordé el amor más grande de mi vida».

Federico García Lorca



A
quella casa a las afueras se había convertido en una ratonera.
  —¡Ra-ta-tá! —El tableteo de las armas de fuego resonaba con fuerza.
Dos horas de fuego cruzado entre los defensores y los asaltantes. ¿Quiénes eran unos? ¿Quiénes eran los otros? Tras una noche tranquila, aquel amanecer se había convertido en el mismo infierno. Un pequeño ejército trataba de tomarla, pero sus moradores defendían la posición con fervorosa entrega.
              —¡Ra-ta-tá —Continuaba ensordecedor, el macabro rugido de las ametralladoras.
En el interior, cuerpos ensangrentados se debatían por continuar la lucha. Poco a poco los defensores iban cayendo inexorablemente ante la superioridad exterior.
              —¡Ra-ta-tá! —Pronto la sangrienta carnicería llegaría a su fin.
La toma de la villa se adivinaba temprana cuando un creciente golpeteo de cascos de caballos comenzó a escucharse tras las líneas de los asaltantes. Medio centenar de jinetes armados vino a igualar las fuerzas. Tras un primer momento de confusión, uno de aquellos hombres de la casa tiró de la chica y salieron por la puerta de atrás a un patio en el que un viejo Willys agonizaba.
          —¡Vamos, sube! ¡Salgamos de aquí! —le gritó mientras probaba a arrancar aquella antigualla.
Tres intentos, el motor bramó quejumbroso. Un acelerón, y el vehículo se desplazó con brío hacia la verja de la finca. Un segundo hombre saltó sobre el asiento del copiloto. La chica tumbada en el suelo de atrás pudo percibir el golpe contra la cancela que no aguantó la embestida.
               —¡Yippi ka yei, hijos de puta! —vociferó entonces su salvador. 
El viejo Willys había respondido y una escolta a caballo nos acompañó por aquellos caminos en busca de un refugio. Nunca antes me había visto envuelto en una acción de guerra. Ni siquiera había hecho la mili y, sin embargo, allí me encontraba yo, huyendo de una batalla con más miedo que otra cosa, conduciendo con Najjar a mi lado hacia las montañas adonde nos llevaban aquellos hombres de los que no tuve más remedio que fiarme ya que su intervención había sido crucial para nuestra escapatoria. La chica acurrucada había cogido el sueño. ¿Quién en situación similar podría dormir?
              «¿Quién coño eres, Layla? —Quise gritarle, pero respeté su descanso—. ¿Cómo he vuelto a enredarme contigo…?»


X
auen fue la puerta que nos abrió el Marruecos profundo. Pueblo a pueblo fuimos adentrándonos en su misterio. Viajar con un natural del país fue lo más idóneo. En algunos pueblos nos alojábamos en casas particulares. La hospitalidad árabe se mostró tal cual; Najjar se enorgullecía de ello.
               —Ves, Fuser, en Marruecos acogemos al viajero —fardaba.
               —Deja de llamarme así. Solo hay un Fuser —protesté amistosamente.
Continuamos hacia el sur y llegamos a Bab Berred. Nos instalamos en un pequeño hotel con mucho encanto, regentado por unas navarras de Elgorriaga.
              —Estas cayeron aquí por el chocolate —bromeé con Najjar que no lo entendió.
El hotel se hallaba a pie de carretera en las afueras. La cordillera del Rif se levantaba ante nuestras ventanas. Un clima duro que admite escasos cultivos, tan solo el ilegal cannabis se da con facilidad. El brazo de la ley queda algo manco entre Bab Berred y Ketama, salvo para el cobro de sobornos, circunstancia que permite la vista gorda de las autoridades, y apenas la subsistencia de los lugareños. Encontramos el ambiente algo enrarecido debido un resurgimiento del ancestral enfrentamiento bereber con el estado marroquí. En los últimos tiempos la autoridad real volvía a ser contestada por las tribus de las montañas.
Nos quedamos unos días en este pueblo. La Honda necesitaba una reparación del rotor y la pieza tardaría en llegar desde Tetuán. Mientras, Najjar y yo nos dedicamos a disfrutar del entorno natural. Calzados con unas buenas botas recorrimos los riscos del lugar. En cada paseo nos cruzábamos con patrullas de la gendarmería.
             —Me gusta tu país, Najjar. Tiene una naturaleza muy cambiante y la gente es muy sociable
              —Verás cuando lleguemos al sur —contestó—. Lo vas a flipar en el desierto.
La pieza no llegaba. Los días transcurrieron y ya me estaba impacientando. Una noche a la hora de la cena se acercó sonriente la camarera.
              —Laila saidah —saludó—. Buenas noches —tradujo—. Le llaman por teléfono.
Alarmado, pensando en mis padres, seguí sus pasos hasta el vestíbulo donde había una pequeña cabina en una esquina.
              —Hola —sonó la voz al otro lado—. Nos quedó algo pendiente.
La insinuante voz no admitía duda alguna, era Layla. Aquella joven regresaba como una dulce rémora del pasado. La sorpresa fue en aumento cuando me citó en mi propia habitación en la cual ya estaba esperándome. Volví a la mesa y le conté a Najjar lo sucedido.
              —No entiendo nada —comentó perplejo.
              —Yo tampoco —repliqué—. ¿Qué hago? ¡Está en mi habitación!
Decidí subir y ver por fin de aclarar las cosas. La encontré en el balcón. A la luz de la luna su figura adquiría un halo de misterio. No me oyó entrar. Cuando dije su nombre se volvió, se acercó lentamente y me habló sonriendo.
              —Te debo muchas explicaciones.
              —Pues sí. Me tienes en ascuas —respondí mostrando impaciencia.
              —No tenemos mucho tiempo. Mi guardia pronto me echara en falta y sabrá encontrarme.
              —¿Tu guardia…? ¡Ah...! ¿Aquellos hombres? Pero… ¿quién eres Layla?
          —No quieras ir tan deprisa. Contestaré tus preguntas a su tiempo —una gran dosis de picardía se atisbó en aquella sonrisa mientras se despojaba de su ropa.
La noche se nos fue deprisa entre besos y caricias. Nunca podría haber imaginado vacaciones más excitantes. Horas de lujuria desenfrenada dieron paso a un relajado sueño. Entrelazados nuestros cuerpos, nos encontraron los hombres de Layla.
Nos despertaron con urgencia y de pronto, comenzó el tiroteo. El terror se apoderó de la casa. Las dueñas, así como el resto de huéspedes, se hallaban a salvo refugiadas en la leñera. En la planta baja un puñado de hombres repelía el ataque mientras, en la primera, Layla y yo nos vestíamos apresurados y nos reuníamos con Najjar. Dos horas de fuego cruzado. Poco a poco los defensores iban cayendo, cuando un creciente golpeteo de cascos de caballos comenzó a escucharse; en aquel momento aprovechamos para huir.


L
os jinetes nos condujeron por ascendentes caminos hacia las montañas; atrás quedaron unos cuantos hombres que cubrieron nuestra retirada. Cuando el camino se hizo imposible para el jeep, lo abandonamos escondido entre la maleza. Nos proporcionaron tres monturas y continuamos ascendiendo por rutas casi inaccesibles. Layla, callada en todo momento, demostró ser una buena amazona; Najjar y yo, tras ella, tampoco pronunciamos palabra alguna, la situación nos sobrepasaba. El sol alcanzaba su punto más alto cuando iniciamos una peligrosa travesía por las verticales paredes de un desfiladero que a modo de escalera nos llevó hasta unas grutas. En el interior se hallaban acampados un par de cientos de hombres armados. Solo entonces, Layla rompió su silencio.
              —Bienvenidos a la Cueva de la Milana, estamos en lo que nosotros llamamos Bled Siba, la tierra donde no se reconoce la autoridad del rey. La gente que aquí veis lucha por la libertad de nuestro pueblo. Daré orden de que seáis bien atendidos el tiempo que debáis pasar con nosotros.
El hombre que parecía haber capitaneado la comitiva se dirigió a Layla en árabe.
              —سيدتي، يجب علينا أن نتخلص من أصدقائه —habló en un tono muy serio.
              —لا—Layla fue rotunda—.انه ساعدني مرة واحدة وفعل ذلك مرة أخرى اليوم
Por motivos prácticos recurriré al doblaje de la escena al español:
              —Señora, debemos deshacernos de sus amigos —habló en un tono muy serio.
              —No —Layla fue rotunda—. Él me ayudó una vez y hoy ha vuelto a hacerlo.
Nos proporcionaron un lugar donde instalarnos, una manta, un pote y una escudilla. Llamaron para comer. En fila, esperamos nuestro turno. Cuscús con cordero y verduras, que estaba exquisito, y un té con menta bien caliente. Pasamos la tarde paseando por aquellos parajes, hasta donde nos permitían los centinelas.
              —¡No pasar, mujazni! —Nos advertían—. ¡Mujazni!
Najjar y yo comentábamos con extrañeza todo aquello. Me explicó que mujazni es como llaman despectivamente a los gendarmes.
Por la noche, el mismo menú, pero huérfano de carne. Layla se reunió con nosotros.
             —Lamento los inconvenientes. Buscaremos el mejor momento para sacaros de aquí —nos dijo—. En estas grutas no corréis peligro.
            —¿Inconvenientes…? —le grité—. ¡Casi nos matan! No sé en qué andas, pero no me gusta. ¿Dónde está la muchacha que conocí en España? ¿Quién eres, Layla? Si es que es tu verdadero nombre, no tienes ningún derecho a retenernos aquí, déjanos ir, hablaremos con la policía y contaremos que no tenemos nada que ver con esta banda de criminales —mi cabreo no me dejaba tomar aire tras cada frase.
Layla permitió que siguiera. Al final, exhausto por la acalorada protesta, callé y fue entonces cuando ella inició su narración.
              —La chica que conociste en España, allí quedó. En aquel tiempo descubrí mi verdadera identidad y decidí volver a mi tierra, a por lo que por derecho me pertenece. Me encontré ante un muro infranqueable y sólo la lealtad de estos hombres me ha permitido seguir con vida. Me son fieles a mí, y a lo que represento: un cambio en el estilo de dirigir el país. No puede ser que la población viva en la miseria, que emigrar, como lo hizo mi…, digamos familia adoptiva, sea la única opción de salir adelante. Además —prosiguió—, Europa nos mira con recelo, en España no es mejor la situación. No todos somos terroristas. La convivencia entre países y religiones es posible, pero el cambio debe darse en nuestros países de origen. Debemos cambiar las estructuras. Transformar estos regímenes feudales disfrazados de democracia en tales. Dotarnos de gobiernos responsables que miren por el servicio de sus paisanos. Dejar de ser súbditos sometidos, y convertirnos en ciudadanos libres con un futuro de prosperidad ciertamente alcanzable —Un guardia reclamó su presencia; se disculpó y abandonó el recinto.
La proclama de Layla nos dejó a Najjar y a mí atónitos. Una muchacha hablando como una líder revolucionaria en un país donde la disidencia es reprimida brutalmente. Además su vehemencia se acompañaba de una expresión ordenada y culta en un español claro y perfecto. Layla, la camarera que yo conocí, tenía muchos misterios en su vida.
El frescor de la amanecida nos despertó. Ya había actividad en el campamento. Sobre una lumbre hervía un aromático té. Nos acercamos con los potes y una sonriente mujer nos los llenó.
            —Sbah el-jir —saludó amable.
           —Sbah an-nur —contestó Najjar que enseguida me aclaró que en dariya, el árabe marroquí, esta es la forma de dar los buenos días.
          —Salam malecum —pronuncié de un modo totalmente españolizado lo que provocó un gesto favorable de la mujer.
Recorrimos el campamento, hombres y mujeres se afanaban en sus tareas. Los hombres cuidaban de los caballos y del armamento y las mujeres preparaban el sustento. En una de las grutas se había improvisado una escuela donde unos treinta chavales de distintas edades recibían educación. Debatían sobre La Declaración Universal de Derechos Humanos según me dijo Najjar. Hablamos con la maestra que se expresaba en un perfecto español. Nos insistió mucho en la importancia de una sólida preparación democrática en los futuros ciudadanos de un nuevo país.
            —Aquí, a los niños les abrimos la mente a otras gentes y otras culturas. El respeto a la mujer forma parte de esta educación. El integrismo es algo contra lo que luchamos —Orgullosa nos explicó— La formación se completa con instrucción militar, pues aunque nuestro anhelo es la paz, no puede haberla sin justicia, y esta hay que arrebatársela al poder mediante la lucha. No nos dejan opción.
Ni rastro de Layla. Preguntamos, pero nadie nos indicó su paradero. Los días pasaban y la vida que llevábamos lejos de ser monótona nos fue amena, a cada momento descubríamos algo novedoso en todo aquello.
Una mañana Layla se reunió con nosotros y nos comunicó que en breve abandonaríamos el lugar. Regresaríamos al hotel donde la cuenta había sido saldada y las propietarias convenientemente indemnizadas por los daños. La moto estaba ya reparada. Podíamos volver sin ningún problema, el jefe local de la policía había sido sobornado y no haría preguntas.
Aún estuvimos unos días más en los que Layla iba y venía. Estaba claro que la autoridad que ejercía emanaba del respeto que le profesaban. Pero ella la ejercía en colaboración con sus capitanes. Cuanto disponía se cumplía. ¿De dónde había nacido esa personalidad? ¿Cómo, en apenas un año, se había convertido en la líder de aquel grupo?
Los días acababan ante un fuego tomando té contando anécdotas y bromas que yo reía a destiempo cuando Najjar me las traducía. Al final cada cual se retiraba a su lecho. Entonces el apareamiento casi ritual con Layla volvió a repetirse. Aquella muchacha aventajaba a cualquier otra en sus prácticas amatorias. Su elegante sensualidad solo podía provenir de las enseñanzas de El jardín perfumado, obra clásica del erotismo islámico que habla de la obligación del placer mutuo durante el coito; y a ello nos entregamos con fruición.
Nadie en esas noches osó molestarnos. La nueva realidad de una nueva sociedad estaba surgiendo al amparo de aquellas grutas. La relectura de sus clásicos y del propio Corán había modificado el pensamiento en aquel reducto libertario. Claro que Layla, por si acaso, había declarado que habíamos contraído matrimonio.


T
al como Layla predijo, llegó el día en que abandonamos el campamento. A primera hora de una mañana fría, el invierno se iba echando encima, montamos a caballo y descendimos escoltados por Layla y un pequeño grupo por aquella peligrosa escalera tallada caprichosamente por la naturaleza en la piedra del desfiladero. El Willys continuaba donde lo escondimos. Arrancó perfectamente y deshicimos el camino hasta el hotel en busca de la Honda.
En las cercanías del pueblo nuestra escolta nos dejó. Giré la vista y nuestras miradas se cruzaron. En sus ojos se leía la esperanza de un próximo encuentro. Ella seguro que leyó en los míos la súplica de quien no podría volver a mirar a ninguna otra mujer.


E
n el hotel se respiraba una tensa tranquilidad. Nos quedamos tan solo una noche y proseguiríamos viaje hacia Fez, una de las ciudades más importantes, por su monumentalidad, y por ser considerada el centro cultural y religioso de este país, tal como me contaría Najjar.
Aquella misma noche, en el hotel recordé la atracción de aquella mente cautivadora envuelta en un cuerpo altamente seductor, y las aventuras vividas.
Ya no había incógnitas, la noche anterior Layla me había relatado su historia.
Inquieto, salí a la calle para dar un paseo. La noche era algo fresca. Un poco más adelante, al calor de un pequeño fuego unos hombres charlaban animosamente. Seguí con mi caminata una media hora. El aire en la cara se volvió frio; decidí volver. Los hombres ya se habían ido. Solo quedaban unos rescoldos. En ese momento recordándola sentí un impulso y con un tizón escribí en un muro junto a la carretera en letras bien grandes:

MILANA BONITA


Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 16 de enero de 2015



Agradecimientos

Creo que ya es hora de agradecer a mi amigo marroquí, pues lo he utilizado para crear el personaje de Najjar, que en árabe significa carpintero. La persona real en efecto lo es. Por lógica no he usado su nombre verdadero, sigo sin darlo para evitarle algún posible problema. Es carpintero, ha vivido en mi ciudad, somos amigos y es marroquí; hasta aquí la realidad

 El resto, el viaje en moto es pura ficción como todo el relato. Las referencias a las costumbres machistas y la falta de democracia en su país en particular, y en el resto del mundo árabe en general, han formado parte de más de una conversación con él, en las que yo siempre he defendido como algo necesario la modernización de su país, a lo que él me ha aportado sus apreciaciones, ciertamente cabales.


«Milana bonita» hace referencia a dos asuntos relacionados entre sí. Por un lado es la frase repetida por el retrasado Azarías en la novela de Miguel Delibes «Los santos inocente», y de la que Mario Camus hizo una excelente película en 1984.

 Delibes retrata una sociedad extremadamente caciquil y el alto grado de sumisión y resignación con que los siervos atendían a sus señores en la España profunda del siglo pasado.
En segundo lugar, a raíz de la película,  un amigo mío, compañero de activismo social, llenó nuestra ciudad con pintadas que decían así: «milana bonita». El propio Mario Camus manifestó su sorpresa en una visita a nuestra ciudad al encontrarlas por doquier.

«Milana bonita» ha quedado en el recuerdo colectivo de aquellos que en los años ochenta participábamos activamente en movimientos sociales de distinta índole como un necesario grito de rebeldía.


También debo recordar la película «Diarios de motocicleta» basada en el autentico diario de su viaje por Latinoamérica de un tal Ernesto Guevara antes de convertirse en el Che. También hay en el relato un homenaje al personaje de otra película, en realidad de una saga, no doy más pistas.


A Layla. Quiero insistir en lo real del primer relato sobre ella, el segundo y en adelante ya son hechos salidos de la mente de este autor.

El final de este tercer relato sobre Layla ha coincidido con los sucesos terroristas de Paris, el atentado contra Charlie Hebdo y el supermercado judío. Como bien expresa Layla en la Cueva de la Milana, y por ende este autor, un nuevo rumbo deben tomar las relaciones entre las personas y su religión, entre las personas y sus gobernantes y entre las diferentes culturas y naciones. No puede ser mantener la incultura y la superstición al servicio de intereses impuros para el sostenimiento de la injusticia y miseria en que vive una gran parte de la humanidad. Mucho menos recurrir al terrorismo, insurgente o de estado, para aniquilar la diferencia.



Recordemos…: ¡milana bonita!

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