miércoles, 8 de julio de 2015

Cap. 5º. El legado de Layla



OBRA REGISTRADA:
Fecha: 18/08/15
Nº de registro: LO-165/2015
Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de La Rioja
© Texto y dibujo: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Titular de los derechos: el autor

El  legado de Layla



                                               
                                                   

«… te doy mi vida,
yo soy una enamorada
por el destino vencida.»

Mariana Pineda




A
quella muchacha ejercía un control absoluto sobre aquellos hombres y… mucho me temo que sobre nosotros mismos. Había ordenado llevarnos de regreso a las grutas, donde ofrecernos protección. Al igual que sucedió en la otra ocasión con el Willys, tuvimos que abandonar la Honda para continuar nuestro ascenso a caballo. Mientras éramos guiados a las montañas, en estado cuasi catatónico, repasé cada uno de los detalles de su historia: el descubrimiento de Layla en mi ciudad, su extraña desaparición, el lujurioso encuentro en Tetuán, las placenteras semanas en las montañas tras el tiroteo en el hotel de Bad Berred y, por último, el charco de sangre en Fez cuando salíamos libres de la gendarmería.
            «Digna de un guión de cine ―pensé excitado. El vértigo se apoderó de mí― ¡Demasiadas emociones!»

Encontramos a Layla descansando. La fiebre encendía sus mejillas, el sudor resbalando por sus facciones resaltaba su belleza haciéndola aún más atractiva. La falta de antibiótico había complicado la curación de una herida no demasiado grave. La dejamos dormir.
Tardó unos pocos días en reponerse lo suficiente como para poder visitarla. Tenía mejor aspecto. Nos explicó que enterada de nuestra detención, su capitán, dos hombres más y ella misma acudieron para ver de liberarnos, pero que un mal encuentro con los gendarmes trastocó los planes. Unos días más, y volvieron a repetirse aquellos paseos bajo la mirada atenta de sus leales. Hablamos de todo lo sucedido. Layla mejoraba día a día, semana a semana. Pronto comenzamos a escaparnos a caballo de la Cueva de la Milana, lejos de la vigilancia de sus hombres.  Al abrigo de las montañas y ya recuperada, nuestras almas ―de nuevo enredadas― propiciaron la unión de nuestros cuerpos. El arrullo de cristalinos manantíos ponía la banda sonora a nuestra historia de amor. La agreste naturaleza y los tenues rayos de sol de un moribundo invierno, fueron los únicos cómplices de nuestros escarceos clandestinos. La contagiosa risa de Layla alcanzaba su apogeo al tiempo que yo me derramaba en su interior.

La zona andaba un poco revuelta, era peligroso para todos abandonar nuestro refugio, aún tuvimos que permanecer en él un tiempo más hasta que la calma nos permitiera salir de allí.
            ―No podemos quedarnos aquí por siempre ―me protestaba continuamente Najjar―. Debemos volver.
            ―Lo sé, pero ahora no es el momento. Además estamos tan a gusto ―le contesté.
            ―Tú lo estás, que eres un irresponsable y te da igual todo. En este país es peligroso ser libre ―replicó―. Rebelarse es un delito que se paga caro. ¡Claro, cómo te crees el Che!
            ―No es eso… Ya sé que corremos un riesgo, pero estar en contacto con estas gentes y ser testigo de primera línea me excita. Su lucha es justa y yo, que defiendo la no violencia, no encuentro contradicción en el uso que hacen de las armas. En ningún momento las han usado, sino en defensa propia. En las incursiones que hacen a la ciudad hablan con la gente, reparten octavillas y pintan frases libertarias en las paredes, ¡son actos propagandísticos para extender su idea de un país democrático! Ya ves que el pueblo simpatiza con ella. Su «terrorismo» se limita a exigir una república laica e igualitaria como sucede en Europa. ¡El derecho divino es medieval!
            ―¡Vamos, ya! Poner como ejemplo las decadentes «democrasias» europeas no es el «meyor argumiento». ―Cuando Najjar se ponía nervioso, su acento aún se hacía más evidente.
            ―Najjar tiene razón ―terció Layla que apareció de pronto y había escuchado nuestra conversación―. Este no es sitio para vosotros, será mejor que regreséis a vuestro mundo.


L
ayla había ordenado que nos escoltaran. Ni rastro de ella. Prefirió no dejarse ver y que el último recuerdo fuese el de la noche anterior en sus dependencias. La negrura dio amparo a nuestro encuentro en justa consonancia con su nombre. Nunca antes el nombre de una mujer se me había revelado tan certero.
Los almendros rompían en flor cuando descendimos al valle. Precisamente Layla había elegido una rama florecida de almendro sobre fondo blanco como bandera de su movimiento; la completaban las palabras Paz, Justicia y Libertad escritas en chelja, la lengua bereber  que hablan, orgullosos, los rifeños, a pesar de haber sido proscrita por el régimen. En las ocasiones en que se manifestaban en las ciudades la hacían ondear junto a la de la república de Abd el Krim.

En cuanto tuvimos cobertura llamamos a casa para tranquilizar a nuestras familias; además, yo llamé a mi hija adolescente ―que vivía con su madre― y que ya se preguntaría por la larga ausencia de su padre.
            ―¡Hola, papáaaa! ¿Dónde estás, que no vienes? ―gritó alborozada.
            ―Hola, Saíidah, ¿Cómo estás?
            ―¿Qué me has «llamao»?
            ―He dicho tu nombre en árabe, Saíidah. ¿Te gusta…?
Estuvimos un buen rato charlando sobre sus cosas y algunas de las mías, y le prometí que para su cumpleaños estaría con ella.

Regresamos a Tánger donde la familia de Najjar volvió a ofrecerme su cálida hospitalidad. La estancia relajada y las atenciones de la hermana mayor realmente supusieron un bálsamo para mi ajetreado cuerpo, sin que resultara eficaz con el alma.  Me quedé alguna semana más, y ya seguí viaje a España. La despedida de Najjar humedeció nuestros ojos. Él se avergonzó un poco por ello. Fundidos en un emocionado abrazo nos dijimos adiós, un largo silencio… y quedamos en estar en contacto.
Volvía a casa sin ser el mismo, la estancia en las montañas me había marcado profundamente. Había un antes y un después de mi relación con Layla. Cuando crucé el estrecho no podía evitar el escozor desazonado de quien siente una gran pérdida. La naturaleza de aquella mujer, tan joven y al mismo tiempo tan segura de sí misma, no podría haber pasado por mi alma sin herirla o al menos transformarla. El recuerdo de aquella misma travesía, pero en sentido contrario aguijoneó mi inconsciente conciencia. África se iba alejando sin haberme desentrañado todos sus misterios.


N
o conté nada relacionado con ella a familiares y amigos, guardé todo en mi interior como un niño que en secreto oculta a su amigo imaginario. El viaje por Marruecos habían sido unas estupendas vacaciones de las que sí expliqué ciertos detalles que admiraron a mi entorno. Sin embargo callé mucho más de lo que relaté. «El secreto de Layla» seguiría siendo secreto.
En poco tiempo recuperé la normalidad de una vida convencional en mi ciudad. Un aburrido trabajo vendría a proporcionarme un modo de ganarme la vida. Los meses transcurrieron apaciblemente y la familia llenó los huecos emocionales. Tal como había prometido a mi hija, estuve presente en su cumpleaños. Mucho tiempo llevaba esperando. Haciendo un esfuerzo encontré el mejor regalo ―siempre lo reclamó medio en serio, medio en broma, consciente de la dificultad económica―: un precioso y nervioso potrillo bayo lobo que, como no pudo ser de otra manera, fue llamado Spirit.

No obstante el paso del tiempo, meses, la aventura rifeña continuaba marcando mi vida. No podía olvidar lo acaecido durante mi larga estancia en aquella tierra. Layla, depositaria del ideal de Abd el Krim me llevó a leer sobre su figura. Odiado en España por su enfrentamiento con nuestro ejército ―causando miles de muertes de españoles―, su figura es para su país lo que para España, los guerrilleros de 1808 en lucha contra el francés… Cuestión de diferentes puntos de vista, según de que lado de la historia participe uno. El Rif, vencido en la guerra, humillado en la victoria quedó definitivamente anexionado a Marruecos, a pesar de la independencia que le otorgó España, y sumido en la total marginación con el fin de que la pobreza y la ignorancia disiparan cualquier ilusión independentista.
Layla había actualizado la doctrina y ya no buscaba la independencia, le bastaba con una autonomía política que reconociera la cultura rifeña, y sobre todo con el abandono de la política de exclusión socioeconómica. La reivindicación de ambas figuras me condujo a sentarme frente al ordenador con la intención de explicarlas.


L
ayla vino al mundo fruto del odio, consecuencia de las revueltas de 1984 y su expeditiva represión. Su madre murió en el parto y al esposo ni siquiera se le pasó por la cabeza criarla como hija suya: la indignidad no mancharía el honor de su familia. La hermana de la madre la recogió para hacerse cargo de ella con el consentimiento de su propio marido. Ninguna vergüenza tendrían que sobrellevar en su nueva vida, primero en Tetuán, después Melilla y posteriormente en la península. Su familia adoptiva formó parte de la trágica diáspora rifeña. Criada como una hija más, no conocía su verdadero origen.
A mi ciudad llegó niña. Educada como una chica marroquí, pero integrada en nuestra sociedad, pronto comenzó a frecuentar los mismos lugares que los jóvenes de aquí. Vestía como ellos, fumaba y bebía como ellos. Sus «padres» cuestionaban su estilo de vida que se alejaba mucho de lo que ellos le habían enseñado, tanto a ella como a sus otras hijas. Flirteó con partidos de izquierda. Siempre manifestó un carácter rebelde.
Fue entonces cuando… «entre copas y cafés, descubrí la mirada de Layla. Al instante quedé cautivo de aquella joven princesa mora.» «La más cálida diosa del desierto a cuyo húmedo oasis, el cansado viajero anhelaba llegar.» Quise «adentrarme entre las tostadas dunas de su piel», pero no pudo ser ―al menos en dicha ocasión―, hube de esperar a nuestro reencuentro en Tetuán.
Su familia había concertado sus esponsales con un hombre de su país, para lo que debían viajar a él.  Layla no quiso ni oír hablar del tema. Tras varios días de riñas, la decisión fue tomada: ¡viajaría quisiera o no! Una noche fue asaltada por unos hombres e introducida violentamente en un auto. Todo estaba preparado para trasladarla a Tetuán donde un acaudalado hombre de negocios mayor que ella anhelaba recibir la flor de su virgo, ignorante de que la elevada dote acordada jamás podría comprar aquel espíritu libre, menos aún su desfloración.
La noche transcurrió lenta y angustiosa para Layla, aunque mantuvo una esperanza depositada en su nuevo amigo, con el que contactó a través de su teléfono. Cuando recibí aquella llamada suya, quedé totalmente confundido y sin saber que hacer.
            —Ayúdame, por favor —repitió—. Necesito ayuda.
            —¡Joder!, ¿qué te pasa? —Comencé a preocuparme.
            —Estoy encerrada, no puedo salir —sollozaba—. Me han encerrado a oscuras y no me dejan salir. Tengo miedo.
            —¿Pero, quién te tiene? ¿Cómo? —Mi desconcierto iba en aumento.
            —Me han metido en un…—La línea se cortó.
A partir de aquí los sucesos se precipitaron. Layla logró escapar y contó lo sucedido a la patrulla de la Guardia Civil que la recogió. Mientras tanto yo había estado toda la noche en contacto con la Policía Nacional.  Aquella noche comenzarían a entrelazarse nuestras vidas, aunque yo no me percataría de ello hasta un año después.
Las investigaciones no condujeron a nada concluyente, Layla y su familia adoptaron un código de silencio. Le obligaron a hacer creer que su ausencia fue una chiquillada ―un falso rapto― y por ella se pagaría una multa que zanjó el asunto ―que lejos de quedar cerrado― hizo que la relación con su padre adoptivo se deteriorara. Fue obligada a vestir el hiyab. Gritos, riñas, y amenazas convirtieron el hogar en un verdadero infierno pues seguía negándose a casarse forzada. Fue entonces cuando su madre ―en realidad, su tía― le contó la verdad.

Anonadada, Layla quiso saber todo y cada uno de los detalles. Todo un torrente de preguntas, debidamente contestadas fueron desgranando la existencia de un pueblo masacrado y de una niña cuyo autentico padre nunca se sabría a pesar de los fuertes rumores sobre su alta autoridad. Layla, asombrada no lo dudó: viajaría, ¡sí!, pero para conocer un origen que le fue hurtado y también su ascendencia.


L
os hijos de Urriaguel del antiquísimo linaje de Ait Yusuf u Ali ya poblaban estas tierras siglos antes de que el invasor árabe les impusiera una nueva religión. Las cristianizadas tribus Senhaya adoptarían el Islam aunque mantuvieron con celo su propia identidad amazigh. Se cuenta que Layla pertenecía a la misma estirpe que el propio Abd el Krim, aunque su sangre no fuera del todo rifeña: ciertos sucesos vienen a enturbiar su caudal rojo.  El Rif tierra de indómitos hombres, tocados con turbante blanco, sufrió numerosas represiones. La crueldad del poderoso se ceba siempre en los más débiles. En 1959, aldeas enteras fueron arrasadas, sus hombres asesinados y sus mujeres mancilladas en una escalada violenta que se prolongaría durante los llamados Años de Plomo. El rey por su «derecho divino» se erigió en dueño y señor de sus súbditos con pleno dominio sobre la vida y la muerte. Su ejército ―a las órdenes de su hijo, el príncipe― aplicó el terror de estado por todas y cada una de las cabilas rebeldes. La joven hija de un cadí no pudo librarse por su condición; muy al contrario, a causa de ella el ensañamiento fue mayor.  A finales de año dio a luz una niña. Así, producto de la infamia, sin que pudiera confirmarse la indigna paternidad, nació la madre de Layla.
La madre de Layla creció en un ambiente enrarecido. Las ansias de libertad no sucumbieron a la represión; el Rif nunca cedió del todo en sus aspiraciones. Bleb Siba, se escuchaba en murmullo por toda la región. Las revueltas se sucedían con cierta frecuencia. Derrotado, Abd el Krim fue exiliado, pero su ejemplo resistía. En cada nueva ocasión el Majzén, o aparato del estado, reprimía las esperanzas apoyado en la fuerza del ejército
La historia volvería a repetirse. Por dos veces corrió la semilla árabe por el jovencísimo vientre de aquellas hijas del Rif. La abuela y la madre de Layla ―hija y nieta del cadí― fueron víctimas de la misma humillación. La consecución del predominio marroquí pasaba por la limpieza étnica y la procreación de nuevos súbditos de sangre árabe en aquellos vientres bereberes.


A
sí fue, que imbuida del sentimiento de pertenencia a un alto y antiguo linaje, con el orgullo y el coraje desatados, pronto se hizo con las gentes del lugar que reconocían en ella el legado de los ideales de Abd el Krim. Brillante oradora en árabe, le penaba no poder expresarse en chelja.


M
e encontraba escribiendo su historia y fui recordando con nostalgia la nuestra. A pesar de los meses transcurridos, cada detalle volvía a mí ansioso por ser perpetuado por siempre ya que nunca volvería a vivir algo similar. El sentimiento herido por el obligado alejamiento nubló mi vista y dejé de teclear en el ordenador. Fue entonces cuando presté atención al televisor.
            ―Graves disturbios en el norte de Marruecos ―anunciaba Matías Prats en el informativo―. En Axdir, ciudad cercana a Alhucemas, ondea de nuevo la bandera de la efímera República del Rif que fundara el rebelde Abdelkrim ―lo dijo así, todo junto, como se dice en español. Me sonó raro después de escucharlo tantas veces en la lengua local―. Pacíficos manifestantes han hecho ondear en el aniversario de la república la bandera roja con un rombo blanco, una media luna y una estrella verdes, sobre el edificio de Axdir donde el líder rifeño estableció la sede del gobierno de su breve estado entre los años 1921-1926 cuando la región se hallaba bajo la tutela española dentro del Protectorado de Marruecos. Efectivos militares han asaltado las posiciones de los rebeldes causando una decena de muertos y numerosos heridos.
No pude seguir escuchando, negros nubarrones ensombrecían mi pensamiento, la duda de la fatalidad planeaba sobre mí.
            «¿Estaría ella en aquella refriega? ¿Cómo podría ser que ella, que gustaba de la primera línea, no estuviera allí?»
El ministro del interior con aire marcial despejó las dudas cuando anunció los sucesos: «Entre los abatidos se encuentran la joven Layla al Kahina, líder del grupo terrorista y su lugarteniente Amín ibn Kusaila», traducían los subtítulos.
            «¿¡Terrorista!? Nadie que hubiese conocido a Layla habría usado aquella palabra» ―grité en silencio.
En la pantalla un grupo de sonrientes militares rodeando el cuerpo inerte de Layla escenificaban la consabida macabra foto ante la pieza de caza cobrada.
            ―¡¡¡Cabrones!!! ―Esta vez el grito pudo escucharse bien nítido en todo el edificio.
El cielo pareció desplomarse sobre mi cabeza a punto de estallar. La presión en aumento me impelía a moverla en movimientos convulsos. Mi cuello se contrajo con extremo dolor, un sudor frio recorrió mi espalda. Me levanté de la mesa y sentí como la falta de aire se me hizo agónica. Caí como marioneta rota.
No sé el tiempo que pasé en el suelo. Me toqué la frente dolorida por el golpe. Quise ponerme de pie, cuando las piernas flaquearon y a punto estuve de volver a caer. La insumisión generalizada de mi cuerpo alcanzó el punto de impedirme el llanto. ¡Yo quería llorar!
La televisión continuaba encendida, pero ya con la película empalagosa de la sobremesa. Lo que sucedía en el Rif ya no interesaba. ¿A quién podían importarle unos pocos moros…?


N
ajjar me había anunciado su visita. Una semana después de la muerte de Layla me llamó y quedamos en vernos en cinco días. Él que siempre había sido muy comedido con los sentimientos, no paró de sollozar al decirme que venía. Cuando sonó el timbre de mi puerta esa noche, sabía que era él. Al abrir entraría la desolación del nuevo invierno, nos fundimos en un abrazo y rompimos a llorar los dos.
            ―Toma, deberías quedarte con ella ―dijo al tiempo que extendía sus brazos para ofrecerme la bandera de Layla.
Pude ver que era la misma que ella había bordado con sus manos a la luz de la luna rifeña. Sobrecogido, el llanto se me cortó de súbito. De nuevo sentí la desobediencia de cada hueso, cada musculo… Paralizado como estatua de sal, sin dar crédito a lo que mis ojos veían, miré atrás en el pasado volviendo a las cabalgadas con Layla, al sublime amor que sentía por ella y que hasta ahora lo había considerado una aventura. En su definitiva ausencia, se presentaba nítido como la noche mediterránea.
Volví la vista a la bandera, la misma que ahora servía de arrullo a una preciosa niña que ajena a su tragedia dormía plácidamente envuelta en las tres palabras más amadas por Layla.
            ―Se llama Milana ―explicó Najjar mientras me la entregaba.
            ―Mi niña… Milana, ¡Milana Bonita! ―exclamé enternecido con el legado de Layla en mi regazo.

Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 8 de julio de 2015

2 comentarios:

  1. Me ha encantado Nacho!!! Entre que las marroquinerías me encantan y que tu relato es bien ameno y engancha desde principio a fin, Layla me ha conquistado. Ojalá hubiera durado más la historia. A ver con qué nos sorprendes en la siguiente.
    Un abrazo

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  2. Gracias, Jorge. No será mérito de ti como lector? Tus comentarios tanto en este blog como en el Facebook se agradecen, gas sido el único. En persona he recibido alguno más y casi todos positivos. Aún debo aprender más sobre la tarea de contar historias. Queda el reto de los microrrelatos.

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